5. La conspiración nazi de Barcelona

by Javier Rubio Navarro

Apartados: Katz en Barcelona, según Simone – La conspiración propiamente dicha – La conspiración como secreto del franquismo –  Una exclusiva de 2009 – El DAS y su participación en los hechos

Las poco conocidas actividades de Katz en Barcelona, con la colaboración de Jaume Miravitlles, durante la segunda quincena de julio de 1936, de las que trata esta entrega, están conectadas, del modo que sea, con el nacimiento, unos meses después, de la Agence Espagne, una singular distribuidora de noticias establecida en París por la República. Katz fue su director, aunque su nombre no figura en sus hojas impresas ni en ningún organigrama. Según Koestler, Katz era tratado por Vayo y la embajada como la eminencia gris de la propaganda. El primer boletín apareció en enero de 1937, pero no se sabe por qué tardó varios meses en ponerse en marcha. En La otra vida de Luis Buñuel comento la conexión de la agencia con el lanzamiento del diario Ce Soir.

La asociación con Miravitlles procede de un historiador de rigor reconocido, el inglés David Wingeate Pike. En su libro Les Français et la Guerre d’Espagne (1975), dice (p. 54): “Los republicanos españoles utilizaban también los servicios de la Agencia España, oficina oficial de información y de prensa, inaugurada en París en octubre de 1936 por Jaume Miravitlles, delegado del Consejo de la Generalitat; la dirección fue encomendada a Otto Katz. Más tarde, se abrieron otras oficinas en las capitales de las principales democracias europeas.” Entra en lo posible, aunque no le menciona en los agradecimientos, que el propio Miravitlles le hubiera dado esa información a Pike, que hizo su tesis doctoral en la universidad de Toulouse en vida de Franco. En la edición inglesa de su libro, aparecida en 2011 con leves retoques, no añade nada que aquí interese, salvo la mancha de hacer yugoslavo a Katz.

Miravitlles estuvo en París el 23 de octubre. Habló en un mitin de la CGT y se vio con Ehrenburg, Picasso, Tzara y otros en una Maison de la Culture. Nada se sabe de otras gestiones que pudiera haber hecho en esos días. El viaje a París lo menciona Ramón Batalla en su tesis doctoral sobre el joven Miravitlles (accesible en la red), donde no aparece la agence Espagne ni el asunto que titula esta entrega ni, lógicamente, Katz entre los contactos extranjeros mientras fue secretario y jefe de prensa del Comité de Milicias. En ese viaje ya era comisario de Propaganda de la Generalidad y esta tenía un delegado (Tarrés/Dalty), autónomo, por supuesto, en París desde finales de agosto. Pudo intervenir como asesor, como responsable para estos temas de la Generalidad, integrada en el gobierno republicano. Más relevante es que Álvarez del Vayo y él tenían posiciones semejantes en sus respectivos partidos, PSOE y con ERC, en el ala izquierda, y eran la conexión internacional del Frente Popular y del Front d’Esquerres con la IC. Por las fechas, se puede asegurar que Miravitlles llevó consigo a París la primera entrega de lo publicado en Barcelona por el semanario Mirador: “L’Espionatge nazi a Espanya”.

Como nota a pie de página, Mirador la había fundado un hombre próximo a Esquerra,  el abogado Amadeu Hurtado. Un destacado redactor de la revista, Josep Maria Planes, fue asesinado en agosto. Todo el mundo pensó que lo habían hecho pistoleros anarquistas por haberles relacionado, en el Be negre, con el asesinato de los hermanos Badía a finales de abril. El crimen y los nuevos colaboradores comunistas llevaron a desertar a los escritores que quedaban de la anterior redacción. La revista siguió apareciendo, con una nueva orientación inspirada por el PSUC y dirigida, en la sombra, por Arturo Perucho, el futuro traductor del libro de Max Rieger contra el POUM que llevará un título parecido: Espionaje en España. Mirador dejó de publicarse en 1938.

Katz en Barcelona, según Simone

Otto Katz llegó a Barcelona el 15 de julio, con la carta de recomendación de Ossorio y Gallardo para contarle a Companys las excelencias de la nueva Unión Universal por la Paz que se iba a presentar en Bruselas en septiembre. Se puede aventurar que en esa primera visita le acompañó Miravitlles, de la sección catalana del Socorro Rojo Internacional, y, tal vez, el exrector Serra Hunter, un poco más joven que Ossorio, que parece el hombre prestigioso de Esquerra para estas tareas honorarias. Lo que ocurrió en los días siguientes relegó al olvido su misión primera.

En Men of Europe, el libro publicado en 1941 por Katz con su pseudónimo de entonces, André Simone, citado en la entrega anterior, cuenta su viaje a Madrid y Barcelona en 1936, pero no menciona el objetivo de su viaje. En relación con este libro, hay algo anómalo en la biografía de Jonathan Miles. Lo cita en dos ocasiones, pero luego se olvida de él o lo confunde con el que publicó el año anterior, J’accuse, the Men Who Betrayed France, traducido al español en Chile. En su redacción, dice Miles, colaboró Joseph Milton Bernstein, nacido en 1908, graduado en Yale y, más tarde, colaborador de la GRU, según los archivos VENONA. Parece el mismo que no quiso hablar de su juventud y que, treinta años después, tradujo al inglés el último libro de Álvarez del Vayo, The March of Socialism. Miles dice que podría haberles presentado Lillian Helman, cuya obra inspirada en Katz se estrenó el mismo mes en Nueva York, o el agente literario, Maxim Lieber, un personaje relacionado con Whittaker Chambers cuya historia no cabe aquí. Sin apoyo documental que lo corrobore, Bernstein pudo ser también quien pusiera en inglés el segundo libro de André Simone, Men of Europe, que apareció en septiembre.

El propósito claro de ambos libros era justificar el pacto Hitler-Stalin, cuando Rusia ya estaba en la guerra y los Estados Unidos todavía no, basándose en la debilidad con que los políticos europeos se habían enfrentado a Hitler cuando los comunistas impulsaron los frentes unidos contra el fascismo. Escritos como reportajes retrospectivos basados en sus experiencias de periodista y activista, mezcla datos más o menos ciertos con invenciones diversas. En la introducción de Men of Europe, se presenta como un periodista antifascista que ha trabajado para diversos medios en Moscú, Londres y París. Entre otros cometidos, había redactado el Libro Pardo del terror de Hitler y, a petición de Vayo, había sido director de la Agencia España durante un año. El relato de su estancia en Barcelona ocupa seis páginas, donde acentúa su protagonismo, convertido en estrecho asesor de Companys.

Dice que el sábado 18, cuando se enteró de lo de Franco en Marruecos, corrió a ver al presidente de la Generalidad a su despacho de la plaza de Sant Jaume, el cual le aseguró que se habían tomado medidas para impedir el golpe que se produjo esa misma madrugada. “La noche del 18 al 19 de julio es una de las más excitantes que  me han tocado vivir”. Volvió a verle el martes 21 por la tarde, cesados los combates en la calle. Le propuso que se registraran las sedes nazis de Barcelona, donde estaba el centro organizativo del partido en España. Companys le dio a entender que, para evitar problemas diplomáticos, esa tarea tenían que hacerla las milicias. Se fue al hotel Colón, donde estaba la sede incautada del PSUC. Habló con uno de los líderes que enseguida vio claro el asunto, mandó llamar a un alemán anti-nazi y le puso dos hombres de escolta. Unas horas después, volvieron con las manos vacías. También fue suya la idea de que tenían que volver y buscar mejor.

Esa misma tarde, escoltado por la pareja de milicianos y se supone que por el alemán antinazi, fueron “a la firma de importación y exportación de Hellermann & Philippi, la fachada del cuartel general de los nazis.” Describe con libertad los detalles del local en un moderno edificio de la calle Aviñó, donde, además de productos industriales alemanes de todo tipo y un retrato de Hitler, encontraron un gran armario, con cientos de carpetas etiquetadas en orden alfabético. No era correspondencia comercial, sino cartas, documentos e información confidencial procedente de la AO (Auslands-Organisation), que desde Berlín dirigía las actividades nazis en el exterior. Los 40.000 documentos encontrados ofrecían un cuadro completo de sus actividades en España. Habían subestimado el alcance de sus actividades. Aquel fue un hallazgo sin precedentes, dice.

Katz salpica su relato con escenas de acción. Al salir a la calle, les dispararon. El agresor tuvo la mala fortuna de ser atrapado por una patrulla de milicianos. Da incluso su nombre, Juan Ramírez, un falangista empleado de Hellermann & Philippi. Dedica cuatro páginas a relatar los hallazgos, aunque parte se le va en describir la organización exterior nazi. Habla de casos de asesinato resueltos por un informe allí archivado, de un homosexual chantajeado con amenazas a su madre para actuar contra antifascistas en España como agente de la Gestapo, uno de los varios que actuaban con cobertura de empleados en empresas alemanas, dedicados al espionaje industrial en colaboración con el servicio consular, supeditado al partido. El jefe de prensa disponía de sumas enormes para comprar once periódicos y sobornar a 50 periodistas. También había pruebas de que cinco generales, Goded entre ellos, estaban a sueldo de los alemanes y sus tentáculos llegaban al ministerio de Guerra. Fruto de sus gestiones a través de otra empresa, se habían enviado a Madrid 38.000 rifles, 18.000 revólveres y gran cantidad de munición, la mayor parte de los cuales, gracias a los documentos barceloneses, cayeron en manos de la policía.

Aquel tesoro no podía quedar expuesto a riesgos de guerra, dice, y propuso trasladarlo a París, para lo que obtuvo el consentimiento del gobierno catalán, siendo acompañado por dos ayudantes y un voluntario inglés que se ofreció a llevarles hasta la frontera. Al llegar a Gerona, les paró una patrulla del POUM, trostkistas, subraya, encontraron las cuatro grandes sacas llenas de documentos y se empeñaron en quemarlos. Consiguieron impedirlo gracias al jefe de la policía local, amigo de un acompañante, que les puso nueva escolta para alcanzar la frontera. La pasaron clandestinamente para evitar una nueva confiscación, esta vez de la policía francesa de aduanas. Dos días después, estaba en Londres y mostró los documentos a miembros del parlamento.

Un testimonio indirecto corrobora la estancia de Katz en Barcelona. El ABC del 30 de julio se hizo eco de una información de la barcelonesa Solidaridad Obrera: “Curiosas revelaciones. Cómo estaba organizado el nacismo en Barcelona”. Dice que se acababa de descubrir la red organizativa en España. Contaba con 750 afiliados en organizaciones como el Frente del Trabajo y el club Germania, con grupos locales en diversas ciudades. El consulado favorecía sus actividades y tenían conexiones con la prensa reaccionaria. Para probarlo menciona una carta en la que un tal Helms, un nazi que vivía en Málaga, informaba a un jefe en Hamburgo de sus logros en la prensa local para pedirle más material con el que seguir haciendo más propaganda. La conclusión del redactor de la Soli era cauta: “Se ve, pues, cómo trabajaba esta gente y cómo la representación oficial alemana la ayudaba en unas propagandas prohibidas por la ley española.” En el último párrafo añade: “Con el material descubierto, pronto se publicará un “Libro Pardo” español que será la más fuerte acusación (…) contra las maniobras del nacionalsocialismo en el extranjero”. Es una prueba irrefutable de que ahí estaba Otto Katz y un indicio de que no habían dado todavía con documentos de mayor importancia. Es posible que Katz prolongara su estancia algún día más, en la confianza de que se encontraran evidencias más comprometedoras. Pudo abandonar Barcelona en los primeros días de agosto.

La conspiración propiamente dicha

El uso propagandístico que Katz hizo de los documentos hallados en Barcelona está, en lo fundamental, bien estudiado desde hace cuarenta años. Fue uno de los muchos asuntos investigados por Angel Viñas para preparar su tesis doctoral en el departamento de Estructura Económica de la Complutense, que presentó en 1973, recibió la máxima calificación y el premio extraordinario del año siguiente. Su libro La Alemania nazi y el 18 de julio es una adaptación que publicó en 1974. En él aparece su exhaustivo afán de controversia con el resto de autores que se han ocupado de sus asuntos, característico de su extensa obra. Cuando ya ha contado en 250 páginas los antecedentes de las relaciones hispano-alemanas a todos los niveles desde tiempos de la monarquía hasta las vísperas de la guerra, introduce el asunto Katz por la polémica historiográfica sobre si hubo conspiración exterior en apoyo del golpe militar. En varias páginas detecta los ecos académicos de las exageraciones contenidas en los libros de Katz, elaborados con los materiales de Barcelona. No le cuesta mucho poner de manifiesto los excesos porque acaba de precisar a partir de fuentes diversas cuántos alemanes había en España, 13.000, a qué se dedicaban y las relaciones entre los representantes oficiales y los miembros del partido nazi, unos 700. Otro asunto dilucidado por Viñas es que España era un asunto muy menor en los planes de la política exterior alemana y en los del partido Nazi. Dicho sea de paso, para desconsuelo del narcisismo nacional de ambos bandos, también lo era en el horizonte estratégico de la IC y en el de la política exterior soviética.

La primera noticia que encontró Viñas de la publicación de los materiales de que hablamos es la de Mirador. En sus números del 22 y 29 de octubre, publicó el artículo citado, en el que, dice, “se abordaban los temas que serían después desarrollados ampliamente por el aparato de propaganda de la Comintern.” Su conclusión es que los documentos publicados, que se supone estaban entre los mejores, no probaban casi nada. Cita un memorándum para establecer una central que distribuyera artículos traducidos en la prensa española, un documento sobre las consecuencias de un tratado comercial con Uruguay y un informe inocuo sobre Informaciones. No hay pruebas, concluye, de conspiración en lo publicado por Mirador, cuyos argumentos se repiten más tarde en varias publicaciones.  

El segundo viaje que Arthur Koestler hizo a España durante la guerra está relacionado con las insuficiencias de lo obtenido por Katz en Barcelona. Cuando estalló la guerra, Koestler llevaba dos años separado de las tareas de la IC, aunque seguía escribiendo, financiado por Münzenberg, entre otras cosas, una adaptación del soldado Schweik. Decidido a enrolarse como voluntario, volvió a verles y acabó yendo a Sevilla a enterarse de las intimidades de los nacionalistas. A finales de agosto, entró por Portugal, estuvo un día o dos en Sevilla, fue reconocido y tuvo que huir por Gibraltar, con la policía nacionalista pisándole los talones. Llegó a Londres, volvió a París y cruzó de nuevo el canal de la Mancha para suplir a Katz por habérsele prohibido a este la entrada en Inglaterra. Cuando regresó de nuevo a París, Katz tenía para él una nueva misión.

El 10 de octubre de 1936, Koestler recibió 3.000 francos de los fondos para propaganda del embajador Araquistáin. Pudo habérselos dado Buñuel. Ese mismo día se pudo reunir con Álvarez del Vayo, que le hizo el encargo. “Mi tarea consistía en buscar los documentos que probaran que la Alemania nazi había intervenido directamente en la preparación del levantamiento de Franco.” Katz le había dicho que, en lugar de encargarle la tarea a un subordinado, quería que el trabajo lo hiciera un periodista extranjero con experiencia. Se lo repitió cuando habló con él: la España leal andaba dividida y nadie se fiaba del vecino y menos en materias tan delicadas. Salió Koestler hacia España con un pasaporte español a su nombre húngaro. En Madrid, tuvo un intérprete y un coche de lujo espectacular con chófer, que lo habían sido de Lerroux. Estuvo en Madrid hasta la primera semana de noviembre. Hizo el viaje hasta Valencia con varios pilotos comunistas de la escuadrilla Malraux, cuya misión se terminaba entonces. Regresó con dos grandes maletas de papeles. Admite que la mayor parte de su contenido no fue utilizado por Otto Katz para su primer libro sobre la guerra de España.

Con los materiales barceloneses y algo de lo hallado por Koestler, Katz escribió una primera versión del libro, firmado por Franz Spielhagen, Spione und Verschwörer in Spanien, publicado a finales de 1936 por las ediciones del Carrefour, la editorial de WM en París. Un poco más tarde, apareció, con leves modificaciones, en la editorial de Victor Gollancz, colaborador habitual de Katz, la versión inglesa, The Nazi Conspiracy in Spain. La francesa, Hitler en Espagne, fue la más tardía, de 1938. Es la más sofisticada e incorpora documentos inéditos. Apareció en la editorial Denoël y Katz utilizó otro de sus pseudónimos, O. K. Simon. Según Viñas, “la grotesca contribución nazi a la preparación del alzamiento que las tres versiones recogen se agota en la presunta venta de 492 (sic) pistolas por parte de un agente alemán a falangistas (…) y a tradicionalistas (…), amén de una extensa referencia a ciertas exportaciones de “patatas” de Alemania a España y que Katz convierte, sin más, en exportación de armas.” En la versión francesa, aparecen por primera vez los 38.000 fúsiles y las 18.000 pistolas y se rebozó mejor la conspiración con consideraciones geoestratégicas sobre el papel de las Baleares. No incluyó Viñas la versión rusa de 1936, ni la mexicana, de 1938, en la que el autor es Emilio Burns.

El biógrafo de Katz, Jonathan Miles, en especial en los asuntos españoles, propende al estereotipo. Da por buena y reproduce con generosidad la versión de los hechos barceloneses que ofreció su biografiado en Men of Europe. Ignora y no le intriga con qué misión hizo Katz aquel viaje, aunque da por hecho que espiaba para Moscú y por eso se vio con tanta gente principal en Madrid. Vino para preparar “su próximo ataque contra Hitler”. En agosto, en Londres, Katz logró que News Chronicle y Manchester Guardian se ocuparan de sus papeles. Sus corresponsales en España, John Langdon-Davies y Frank Jellinek, enviaron crónicas en agosto haciéndose eco del hallazgo. Pero ningún político modificó su postura sobre la guerra de España por lo que en ellos se decía. Sin entrar en mayores profundidades, el libro le parece a Miles sorprendentemente chabacano, y sugiere que refleja la dispersión de sus esfuerzos, entre los que siempre incluye su trabajo para la NKVD. The Nazi Conspiracy in Spain se puede leer en la red y comprobar que es un libro aburrido y divagatorio, sin sustancia, una chapuza.

Recoge Viñas otra publicación, menos conocida, de los documentos alemanes. Fue editada en 1937, en su lengua y en Barcelona por el grupo DAS, Deutsche Anarcho-Syndikalisten. Se titula Schwarzrotbuch. Documente über den Hitlerimperialismus. “Es una exposición mucho más completa del aparato documental caído en manos de las milicias anarquistas”, la mayor parte del cual se reproduce en facsímil. No dice Viñas que el libro fue traducido al español al año siguiente con el título El nazismo al desnudo, de lo que se habla más adelante. Así pues, la conspiración nazi de Barcelona había quedado zanjada por Viñas en su libro de 1974. Volvió sobre el tema en 2001 con un ensayo sobre Franco, Hitler y el estallido de la guerra civil, de un tamaño semejante al anterior, cuyas conclusiones repasa a la luz de lo nuevo leído e investigado. No debió detectar variaciones en torno al asunto que nos ocupa, ya que reproduce páginas enteras del libro anterior.

La conspiración como secreto del franquismo

No habían transcurrido seis años de la publicación del nuevo ensayo de Viñas cuando los ecos de los documentos requisados en Barcelona setenta años atrás volvieron a escucharse con intensidad renovada. Eduardo Martín de Pozuelo, en su libro Los secretos del franquismo, 2007 (pp. 30-35), dedica un apartado a “La siniestra vida secreta de Hans Hellermann”. El periodista de investigación de La Vanguardia había estado dos años dedicado a rebuscar historias en los documentos que había desclasificado el gobierno norteamericano, a partir de los cuales publicó setenta reportajes en su periódico por los que le dieron un premio importante en 2006. Su fuente para Hellermann es la reconstrucción de sus andanzas que alguien, fiscal en funciones, había hecho en 1945 para evaluar penalmente sus servicios al III Reich. “Su impactante trayectoria, dice E. M.P., es en esencia el relato del desembarco clandestino nazi en España del que se benefició la sublevación del 18 de julio de 1936.”

Está tan convencido de la culpabilidad de su personaje que no repara en la falta de fundamento de sus afirmaciones. “Las actividades encubiertas que Hellermann desarrolló en España y más especialmente en Barcelona entre 1934 y 1945 son tan sorprendentes que de no existir una base documental parecerían fruto de la imaginación.” Dibuja un tipo complejo, habilísimo, antes de endosarle la dirección de un presunto departamento policial, un Servicio de Control Portuario, dependiente de la Gestapo y directamente de Himmler, cuyas misiones y presuntos crímenes enumera en genérico pero sin concretar nada en España. Dice haber utilizado un informe elaborado en 1945 por la OSS, la antecesora durante la guerra de la CIA, sobre Hellermann, en el que, según el periodista, queda claro el asunto. “Las actividades de Hans Hellermann en España no se limitaron a la función represora descrita (sic) sino que  incluyeron una temprana agitación política pro nazi de alcance desconocido, pero que sin duda está relacionado con la insurrección del 18 de julio de 1936”.

Añade un poco más de confusión cuando dice que “en archivos nazis abandonados al fin de la contienda y obtenidos por combatientes republicanos españoles que los entregaron a los servicios secretos aliados, había documentación en la que se afirma explícitamente que Hellermann ayudó a organizar la Gestapo, la Falange y la sublevación del 18 de julio de 1936.” Lo probaría una reunión celebrada en mayo a la que acudieron 32 jefes nazis locales de toda España. El anónimo redactor de la OSS vinculó el cónclave nazi de Barcelona con los preparativos del alzamiento. Estaba convencido de que Hellermann “era considerado una de las personas más involucradas en los preparativos de la revolución de Franco”. Hasta el punto de que “tuvo contactos directos con los líderes locales de la organización (de la sublevación de 1936), que recibieron instrucciones suyas”.

Añade su viaje a Berlín el 23 de mayo, poco después de la reunión mencionada, donde dice que entregó un informe que su superior le había encargado sobre “tropas, aviones de primera línea, emigrantes, etcétera”. Para Martín de Pozuelo, “la historia conocida y muy poco investigada de Hans Hellermann constituye una prueba sólida de la intervención de la Alemania nazi en la incitación al golpe de Estado de 1936, un hecho que cambia el relato aceptado hasta ahora.” Es muy posible que una de las fuente utilizadas por el redactor de la OSS fuera el libro de Katz, en el que Hellermann saltó a la fama. Es sabido que excombatientes y simpatizantes de la República durante la guerra trabajaron para la OSS. Jay Allen, por ejemplo, amigo de Katz.

Volvió Martín de Pozuelo a ocuparse del mismo asunto en su periódico al año siguiente, en un artículo titulado “Los nazis alentaron a Franco”, firmado con Jordi Finestres. Ahí hablan de la aparición de nuevos documentos, localizados en un archivo de Amsterdam, probatorios de la incitación nazi a la rebelión del 18 de julio. La primera parte del artículo cuenta otra vez la historia de Hellermann según el informe de la OSS, con los mismos excesos retóricos y la misma falta de concreción. Avanzado el artículo, en el que mezcla varias historias más, llega a decir que “la nazificación de España comenzó a prepararse seis años antes del alzamiento militar.”

Una exclusiva en 2009

En julio de 2009, los mismos papeles alemanes requisados en Barcelona volvieron a ocupar la portada de un periódico. La revista barcelonesa de divulgación Sàpiens (Descobreix la teva historia) publicó como exclusiva “Els papers secrets del Partit nazi en Catalunya. Les actividats dels homes de Hitler a la Barcelona republicana”. Otros temas de la cubierta eran los druidas, la sabiduría oculta de los celtas, Calamity Jane y el origen erótico del himno nacional de Cataluña. El periodista Jordi Finestres firmaba el artículo, asesorado por el catedrático de Historia Contemporánea de la UAB Josep M. Solé i Sabaté. En una separata de 16 páginas en cuatricomía, se reproducían una veintena de documentos originales, procedentes del Instituto Internacional de Historia Social de Amsterdam. En la presentación de las reproducciones, Finestres cuenta su versión sobre el origen de la exclusiva, aunque nada dice de cómo él se enteró de que estos documentos estaban allí.

A finales de julio de 1936, milicianos de la CNT-FAI se llevaron toda la documentación que encontraron en el consulado alemán, en el Paseo de Gracia 132. Con lo que allí requisaron, registraron otros organismos y domicilios particulares. Para darnos una idea de lo hallado, Finestres cita lo publicado por el News Chronicle (conexión Katz) el 18 de agosto de ese mismo año. El corresponsal en Barcelona (Langdon Davies), hacía un relato emotivo: “Hoy me han permitido visitar una casa cautelosamente vigilada en un tranquilo suburbio de Barcelona donde ahora reposan millares de documentos relativos a las actividades de la Alemania nazi en España. Tras cuatro horas inspeccionando estos documentos, la autenticidad de los cuales está fuera de toda duda, he tenido sensaciones de desmayo, indignación y horror.” También cita la publicación en Mirador. Dice que, para llegar a Amsterdam, a mediados de 1938, Diego Abad de Santillán y Paul Partos, conocido como Pablo Polgare, (un húngaro nacido en 1911 que, con un pequeño grupo, se había sumado a la FAI durante a guerra y fue responsable de sus archivos), contactaron con el Instituto Internacional de Historia Social para que se hicieran cargo, en caso de derrota, del archivo del Comité Peninsular de la FAI y de la Oficina de propaganda exterior de la CNT-FAI. Los documentos llegaron a París en abril del 39 y el IIHS se hizo cargo de 23 sacas y 130 paquetes. Los papeles estuvieron ocho años en Inglaterra hasta que en 1947 llegaron a la sede del Instituto en Holanda. Los embalajes originales no fueron abiertos hasta 1975, constatándose entonces los muchos desperfectos sufridos durante el largo almacenamiento. Desde entonces, a cargo del estado holandés, fueron restaurados, catalogados y microfilmados. Añade que entre los documentos se encontraban los archivos del DAS, aunque nada dice Finestres de su relación con los documentos.

Tampoco de la historia que cuenta ni en los documentos reproducidos se deduce que los miembros del partido nazi de Barcelona y de España hubieran hecho algo de lo que pudieran haber sido acusados ante un tribunal ordinario. Se da por sentado que todas sus actividades eran intrínsecamente perversas y abominables ya en 1936. El experto, Solé i Sabaté, en un recuadro, no dice nada de los papeles concretos ni del uso que de ellos se había hecho desde que aparecieron. Ni Pozuelo ni Finestres ni Solé citan los libros de Viñas.

El DAS y su participación en los hechos

En 2010, se publicó Antifascistas alemanes en Barcelona 1933-1939. El DAS y sus actividades contra la red nazi y en el frente de Aragón. El núcleo del libro es la traducción de un estudio de un centenar de páginas de Dieter Nelles sobre los anarquistas alemanes en la guerra española que había sido publicado también en inglés y en francés. Se complementa con otro, más breve, de Ulrich Linse sobre el grupo DAS. Carlos García y Harald Piotrowski, al alimón, amplían, utilizando, sobre todo, la hemeroteca, las noticias sobre sus actividades en tono más exegético. El libro sufre por haberse forzado la unidad del conjunto en lugar de acentuar lo heterogéneo de los materiales que lo componen. Las doscientas páginas de García y Piotrowski son como notas a pie de página muy extensas para precisar lo que Nelles y Linse elaboraron en su momento, con las consiguientes reiteraciones y, ay, divergencias.

El DAS como tal no existió antes de abril de 1936, aunque desde 1933 hubo en Barcelona una pequeña colonia de anarcosindicalistas alemanes. De ellos, el mejor preparado y más experimentado era Helmut Rüdiger, nacido en 1903 y que había llegado a ser en Berlín redactor del órgano del FAUD (Freie Arbeiter Union Deutschlands), Der Syndicalist. Se había radicado en Barcelona, donde sobrevivía haciendo traducciones, huyendo tanto del nazismo como de los líos con sus correligionarios. Otros alemanes, más jóvenes, recalaron en Barcelona tras visitar la península en una excursión ciclista y mendicante. Alguno tuvo que abandonar su patria tras descubrirse un depósito de armas y explosivos. Procedían de diversas ciudades, varios de Leipzig y Wuppertal. Unos eran carpinteros, otros torneros y también tipógrafos. Rudolf Michaelis se había formado como restaurador de arte antiguo en un museo de Berlín. Arthur Lewin, era tipógrafo y esperantista, lo que le facilitó las relaciones con los grupos locales.

Por no conocer bien el idioma y no poder participar en las asambleas, vivían algo aislados y tenían problemas para encontrar trabajo. Puede que su desconocimiento del español sea la causa de que no hicieran proselitismo y de que, salvo en contados casos, no se les tuviera en cuenta. Fueron atraídos por la fuerza y la capacidad de movilización de la CNT en Barcelona. Era la ciudad de la esperanza para el movimiento anarquista europeo, reducido a la mínima expresión, salvo en Suecia y Holanda. Los grupúsculos supervivientes tenían, sin ser mucha, más fuerza editorial que sindical. Todo esto, unido al buen clima de Barcelona, las limitaciones impuestas por la hitlerización y los desencuentros con la justicia, podrían ser los motivos que atrajeron al  heterogéneo grupo de alemanes y algún asimilado hacia la Ciudad Condal. Allí, la lengua, las afinidades y la dificultades reforzaron sus vínculos personales y políticos. El grupo no fue fruto de una operación planificada de exportación o colonización revolucionaria. Más bien fueron turistas del ideal, en busca de condiciones más propicias para materializar sus ideales. Cuando se dieron las condiciones, se reactivaron sus expectativas y buscaron ser útiles. En 1936, el diputado Maurín intercedió para que alguno de ellos, encarcelados tras los hechos de octubre del 34, fueran puestos en libertad.

En Barcelona estaba el 18 de julio otro líder alemán de la FAUD y la AIT que vivía en París y se dedicaba al periodismo, Agoustin Souchy, del que Rüdiger se había distanciado en 1933. La semana siguiente, Souchy fue nombrado jefe de la sección exterior por el Comité Regional de la CNT. Su segundo fue un americano de origen lituano, Martin Gudell. Llevaban, sobre todo, las relaciones exteriores de la revolución. Rüdiger trabajó con ellos y fue el director del boletín alemán, que también se publicó en francés y en sueco.

Por lo que habían hecho en 1934, se puede deducir que alguno de ellos participó en los primeros enfrentamientos del día 19 de julio. Unos días después, se integraron en el “Comité de investigación y seguridad interior”, dirigido, entre otros, por los célebres Escorza y Eroles. Como agentes de la autoridad miliciana, en busca de sospechosos y de pruebas registraron domicilios e hicieron funciones de policía de extranjeros: aduanas, correos, puerto y estaciones. Puede que, como luego aseguraron, sus actuaciones fueran más respetuosas de lo que fue habitual en aquellos días entre españoles. Pusieron a los compatriotas sospechosos a disposición de sus superiores, que, en general, los puso en libertad. De los locales registrados, se llevaron sólo lo que creyeron que podía ser de utilidad y lo entregaron a diversos comités. En edificios incautados, crearon hogares para compatriotas, restaurantes populares y una librería. En el domicilio de un directivo de la casa Merck, instalaron una residencia para milicianos.

Dieter Nelles reconoce en su artículo (p. 99) que “los documentos publicados por Katz provenían de las requisas del grupo DAS de Barcelona”. Su primera actuación fue la clave de las siguientes. Uno de ellos, Helmut Kirschey,  recordó muchos años después que “Nuestra primera acción fue la incautación de un restaurante alemán que los nazis frecuentaban. En el restaurante encontramos la lista de los miembros del NSDAP-AO (la organización exterior del partido nazi) de Cataluña con casi 3.000 nombres. A partir de aquí empezamos a investigar a ver quién se encontraba todavía en Barcelona y a qué se dedicaba.” Las cosas ocurrieron de otro modo en la memoria de Rudolf Michaelis en 1966. Cuenta una inverosímil batalla en los primeros momentos contra unos nazis alemanes atrincherados con una ametralladora pesada en la sede del Club Alemán de la calle Lauria, finalmente conquistada por una veintena de milicianos. Dice a continuación que sólo destruyeron una foto de Hitler que presidía la sala de reuniones. “El contenido de los escritorios y de los archivadores lo pusimos en el camión que nos había llevado hasta allí.” Para salvarlos de la piromanía de sus camaradas hubieron de explicarles que “entre estos documentos se encuentra el archivo de los miembros de las organizaciones nazis y otras pruebas que dan fe de la red que han montado en toda España. (…) Nosotros desmontamos el 19 de julio una vasta organización nazi en toda España.” (p. 111). En un informe que ellos mismos redactaron en septiembre de 1936, se dice que “el grupo asaltó tres centros de los nacionalsocialistas, es decir el Frente del Trabajo Alemán, el Club Alemán y el Hogar Alemán. El grupo se incautó de un valioso material del cual se podía concluir que los nazis tenían una red de organizaciones camufladas que estaban en contacto estrecho con el ambiente reaccionario español.”

No queda en ninguna parte completamente claro, aunque debe estarlo en alguna, qué había en el número 28 de la calle Lauria, pared con pared del hotel Ritz. Pudo estar allí el Verein Germania y ser el primer local que se les ocurrió asaltar por tratarse del club social de la oligarquía (empresarios, ejecutivos y funcionarios) de la colonia alemana de Barcelona. Puede que las oficinas que había en el número once, esquina Caspe, fueran las del Frente del Trabajo Alemán y que en la Rambla de Cataluña hubiera otro local de nombre semejante al primero. En cualquier caso, fue en la calle Lauria, y no en el local de Hellermann y Philippi, que estaba en un segundo piso del 2 o del 12 de la calle Avinyó, ni en el consulado, donde encontraron la mayor parte de los documentos.

La sede del consulado alemán fue ocupada por el DAS, pero ocurrió el 20 de noviembre. El titular estuvo activo hasta la víspera. Las quejas y protestas del cónsul que se conservan contienen las noticias más precisas de sus correrías y dan idea del caos y el terror de los primeros meses de la guerra en Barcelona. El cónsul reclamaba al representante de la Generalidad que le contestaba reconociendo que no podía hacer nada para controlar a quienes actuaban con credenciales oficiales. Nelles resume las instituciones alemanas que saquearon: las ya mencionadas de la calle Lauria, las oficinas de la sección local y nacional del Partido Nazi, que no indica dónde estaban, el DAD, Servicio de Intercambio Académico, la mutua Alemana, una naviera, la iglesia evangélica y el colegio alemán. Desde los primeros días, el consulado hizo gestiones para evacuar a la colonia alemana que se sentía más amenazada y a los españoles que pudieron camuflar. Hellermann, Philippi y otros sospechosos no tuvieron demasiados problemas para abandonar Barcelona. El cónsul abandonó la ciudad el 19 de noviembre, después de que su gobierno reconociera a los nacionales. Miembros del DAS le acompañaron hasta el puerto y registraron los archivos que llevaba con él. Al día siguiente, instalaron su sede en el 132 del paseo de Gracia-Pi y Margall. Allí se llevaron más tarde los documentos que antes habían estado en la sede anarquista de la vía Layetana-Durruti.

El grupo DAS, que al principio no pasaba de 20 personas y no superó el medio centenar, no tuvo tamaño suficiente para desempeñar bien las muchas tareas a las que fueron requeridos por la revolución. Tuvieron que estar en el frente, hacer de policías y de políticos en Barcelona, atender la redacción del boletín, las relaciones públicas, las oficinas, los alojamientos y resistir las acometidas de la competencia comunista. Por eso, entre otras cosas, tardaron tanto en editar el libro con los materiales requisados. Ernst Appel, del que apenas se sabe nada, y Paul Helberg –Hamburgo, 1905, tipógrafo– habían empezado a prepararlo poco después de hacerse con ellos. Cuando el primero regresó de su paso por el frente en noviembre, el material se había dispersado y caído en otras manos. En marzo fue urgido por sus compañeros para que se concentrara y terminara el trabajo. El libro rojinegro, Swarzrotbuch, apareció en julio. Pudo ser lo último que Appel hizo en España. En agosto de ese mismo año, se marchó a Suecia con su mujer. Helberg había dimitido de sus cargos en abril del 37, volvió al frente, fue detenido y logró escapar de la cárcel de Cardona.

Hasta marzo de 1938 no se publicó El nazismo al desnudo, la traducción española de libro roji-negro. Lo publicó la misma editorial, que se llamaba como la del FAUD en Berlín, ASY. Para entonces, la mayoría de los miembros del DAS habían abandonado España. Dicho por breve, en mayo estuvieron con el POUM y con los anarquistas críticos, fueron barridos y represaliados. La mayoría fueron encerrados e interrogados una temporada y puestos en la frontera sin contemplaciones. Cuando fueron desalojados del consulado, la policía se llevó los documentos, aunque, al menos en parte, debieron volver a manos anarquistas para que llegaran, más tarde, al instituto holandés. No se sabe cuántos documentos interesantes más pudieron encontrar en las 60 inspecciones de locales y domicilios que hicieron en Barcelona amparados por la autoridad. Hubo otras requisas en Cartagena y no hay noticias de que en Madrid hubiera mucha preocupación por demostrar la conspiración nazi descubierta en Barcelona. Para Viñas, el libro roji-negro es mucho más importante que las obras de Katz, aunque le reprocha la ignorancia de otros hechos comprometedores que habían sido tramitados por vías oficiales y sin especial secretismo. Algo, no mucho, hicieron los nazis para propiciar de manera indirecta la sublevación, pero nada de ello se puede deducir de los documentos de Barcelona.

En cuanto a lo ocurrido con los documentos requisados y al uso que de ellos hizo Katz, se puede especular con que la noticia del saqueo del local de Lauria 28 y el hallazgo de los primeros documentos llegó al Comité de Milicias y que Miravitlles, secretario y jefe de prensa, pensó que Katz, como autor del Libro pardo, era el mayor experto en los manejos de Hitler que había en Barcelona entonces y la persona que podía llevar a las portadas de los periódicos de medio mundo el sensacional hallazgo. No faltan personajes misteriosos, como un tal Alfred Herz, vinculado con el servicio de extranjeros del PSUC, que podrían hacer más novelesca la trama de apropiación, pero se desconocen los detalles de la disputa, si la hubo, por el uso de los documentos. Es posible que los comunistas sólo llegaran a disponer de copias fotográficas de los papeles.

Aquí acaba, por el momento, la historia de la conspiración nazi de Barcelona.

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